De entre todas las leyendas que se cuentan en la Ciudad de México, la del Manicomio de La Castañeda sobresale por el grado de crueldad que alcanzó y el horror que se vivió ahí por más de medio siglo. Lo que pretendió ser un hospital modelo acabó convirtiéndose en una auténtica vergüenza nacional.

Por siglos, en la Ciudad de México hubo sólo dos hospitales para enfermos mentales: el Hospital de San Hipólito, el primer manicomio en América, fundado en 1566, y el Divino Salvador para mujeres dementes, establecido en 1700. En 1910, al cerrarse ambas instituciones, había en ellas un total de 779 pacientes.

Desde el inicio, el proyecto del Manicomio General tuvo el apoyo total del gobierno de Porfirio Díaz. Incorporaba todos los adelantos arquitectónicos y la mejor tecnología médica de la época. La construcción comenzó en 1908 y concluyó dos años más tarde, en terrenos que pertenecieron a la Hacienda de La Castañeda, propiedad de don Ignacio Torres Adalid, conocido como “el Rey del Pulque” y cuñado del famoso arquitecto Antonio Rivas Mercado.

El manicomio tenía capacidad para atender a unos 1,300 pacientes, repartidos en 15 edificios, con un área total de poco más de 140 mil metros cuadrados. Incluía, además, albergues para médicos y casas para los administradores y el director, enfermería, talleres, establos, un sitio para enfermos infecciosos y un “Mortuorio”. El edificio central tenía un reloj con campanas que se escuchaban en todo el hospital.

Los pabellones de La Castañeda obedecían a la terminología médica de finales del siglo XIX: pabellón de “imbéciles”, “tranquilos”, “violentos”, “toxicómanos”, “agitados”, “infecciosos”, etcétera. El manicomio pretendía ser un hito en la historia de la atención psiquiátrica en México, en el que el estado asumiría la tutela y el cuidado médico de los enfermos mentales.

Pero no fue así. En 1911 Porfirio Díaz se fue al exilio y estalló la Revolución. La Castañeda se quedó sin apoyo económico y abandonada a su suerte. Aún cuando no hay reportes de graves crisis o desabasto en esos primeros años, sí hubo una gran reducción en la cantidad de ingresos. El punto más bajo fue en 1915, justo cuando la guerra estaba en su momento más álgido. Las muertes, las epidemias, la falta de agua y de comida hicieron que ese año fuera conocido como el “año del hambre”.

Durante la primera década de existencia, la mayoría de los enfermos que habían sido internados en La Castañeda no contaba con un diagnóstico clínico, en algunos años llegó a ser hasta el 45% de los pacientes. Había infinidad de personas que se internaban sin tener trastornos mentales, en muchas ocasiones eran remitidas por la policía, por considerarlas violentas o peligrosas.

El hecho de que la mayoría de los ingresos a La Castañeda fueran por orden de las autoridades respalda la idea de que en el afán de lograr la modernidad, nuestro país estaba dispuesto a limpiar sus calles de pobreza y de “la basura social”. La policía y las comisarías se convirtieron en filtros, o embudos, que seleccionaban lo “indeseable”, lo que llevó a la persecución de personas sin hogar, indigentes, mendigos y prostitutas, que eran detenidos para ser enviados al Manicomio General.

Ya para 1920 algunos periódicos publicaban notas sobre las terribles condiciones que se vivían en La Castañeda. Se hablaba entonces de los tratos inhumanos y se contaban historias de horribles experimentos con los pacientes, para encontrar una cura a lo que llamaban enfermedades mentales.

También aparecieron informes sobre el mal estado de las instalaciones: ausencia de colchones y sábanas, ventanas con vidrios rotos, plagas de ratas y una farmacia raquítica. En esos años las instalaciones se deterioraron más y no hubo recursos suficientes. Después de 1920 hubo un marcado problema de sobrepoblación: diseñado originalmente para 1,300 pacientes, llegó a albergar hasta 3,500 a finales de la década de 1930.

El Manicomio General, más que estar destinado a la rehabilitación de los enfermos mentales se convirtió en un espacio para la investigación y la experimentación neurológica. En La Castañeda se usaban el cloral, el opio y los bromuros, sustancias que afectan la corteza cerebral. En 1930 se inició la práctica del shock insulínico y el de Metrazol, después el electroshock clásico y la lobotomía.

Se dice que en La Castañeda la práctica médica psiquiátrica estaba apartada de lo “convencional” y que difícilmente se traducía en mejoría de los enfermos. El manicomio se convirtió entonces en un asilo donde los internos morían por las condiciones insalubres en las que vivían, o por la falta de atención. La mayoría de los internados en el manicomio eran hombres y mujeres de entre 20 y 40 años, aunque en 1932 se creó un pabellón especial para niños.

El crecimiento en el número de internos en La Castañeda lo podemos comprender desde varias perspectivas, entre ellas, por el aumento de la población nacional, que pasó de 14.2 millones en 1920 a 35 millones en 1960. La población de la capital mexicana se quintuplicó entre 1910 y 1960.

Desde la inauguración de La Castañeda, el incremento en los ingresos por alcoholismo fue notorio, al punto de representar el 45% de la totalidad de los internamientos en 1912. La cantidad se mantuvo constante hasta 1929, cuando inició el descenso y llegó a su punto más bajo en 1933.

Las estancias de los pacientes consumidores de alcohol, o de alguna de las sustancias prohibidas, eran breves: unos 3 meses para los que estaban en el manicomio, y mes y medio en promedio para los internos toxicómanos. Menos tiempo de estancia y más reingresos caracterizaban a esta población, donde la internación, al igual que en el caso del alcoholismo, tenía una dimensión más disciplinaria que curativa.

La reducción en el número de ingresos de alcohólicos a partir de 1929, y el aumento en la cantidad de toxicómanos desde 1934, fueron procesos vinculados a las medidas sanitarias tomadas por el Estado, por una parte para reducir el consumo de bebidas alcohólicas, y por otra, a la penalización del consumo de las llamadas drogas “heroicas”.

En el Archivo Histórico de la Secretaria de Salud existen 61,480 expedientes de los pacientes que pasaron por La Castañeda a lo largo de 58 años. Muchos tienen poco claras las razones del internamiento, así como el diagnóstico médico; otros simplemente carecen de razón, o se trataba de una petición familiar o de alguna autoridad.

La noticia de la desaparición de La Castañeda se publicó el 27 de junio de 1968. El viejo hospital psiquiátrico sería sustituido por una red de “modernas” instalaciones distribuidas a lo largo y ancho del país. Se envió entonces a los pacientes a otras clínicas y las instalaciones fueron totalmente demolidas, quizá buscando con ello callar los murmullos de los numerosos crímenes que se cometieron ahí, aunque nunca se podrá ocultar el sufrimiento que hubo en ese lugar donde reinaron el vacío, la muerte y la locura.

Al conocer el anuncio de la desaparición de La Castañeda, el Ing. Arturo Quintana Arrioja buscó a los responsables de la demolición para tratar de comprar algunas partes de la cantería. Después de varias reuniones con las autoridades de la Beneficencia Pública, propietaria legal del inmueble, en agosto de ese año obtuvo la fachada completa. Cada una de las piedras del enorme edificio de casi 160 metros, fue cuidadosamente numerada y desmontada para ser llevada al Estado de México, a unos 3 kilómetros de Amecameca.

El ingeniero Arturo Quintana fue un prominente empresario, dueño de la compañía AQ Industrial, especializada en carpintería. Esta empresa fue la encargada de realizar, en 1964, la estructura de “Montaña Rusa” de Chapultepec y los interiores de la nueva Basílica de Guadalupe. Su hermano, Bernardo Quintana, fue uno de los socios fundadores de Ingenieros Constructores Asociados, ICA.

Así fue como la fachada del Manicomio General de La Castañeda acabó en la que fuera casa de campo de don Arturo Quintana y su esposa, Mercedes Peñafiel, en las faldas del volcán Iztaccihuatl, cerca de Amecameca, en la zona del Paso de Cortés.

El Ing. Quintana murió el 12 de enero de 1986. Poco tiempo después su viuda donó la propiedad a los Legionarios de Cristo para que en ella realizaran retiros espirituales y cursos de formación académica. La casa no está abierta al público general y recibe únicamente a los visitantes autorizados por la Congregación. Aunque a la propiedad se le añadieron edificios, la casa de campo original ha permanecido inalterada.

En los últimos 30 años muchos la han visto, aunque pocos conocen su negra historia. La fachada del Manicomio de La Castañeda ha aparecido en portadas de discos y en comerciales de famosas pastillas de menta. También el grupo Mecano grabó ahí uno de sus videos musicales.

En su más reciente reaparición, en 2015, el edificio fue utilizado para las grabaciones de la serie “El Hotel de los Secretos”. Para esa filmación se le añadió una mansarda de utilería a todo lo ancho de la fachada, a pesar de ello, el perfil de La Castañeda, el manicomio que todos conocían como “La puerta del infierno”, es inconfundible.

Noviembre-diciembre 2017