Por Alejandra Petersen Castiello

La cultura y el arte tienen el potencial de modificar la manera en que nos relacionamos en la sociedad. Ya sea desde nuestra participación como creadores o consumidores, las manifestaciones culturales crean espacios que se pueden aprovechar para exponer y crear conciencia de problemáticas específicas.

Estos espacios no son inertes. Por el contrario, son sumamente conflictivos porque son lugares donde distintos significados y realidades compiten por imponerse y reivindicar su versión de las cosas. Desde lo individual reclamamos el derecho de expresarnos, abanderados a partir de nuestro contexto inmediato, pero en un mundo de opiniones contrariadas se cancelan las oportunidades de un diálogo constructivo.

¿Cómo se pueden reconciliar las distintas versiones de lo real? Desde el universo de las políticas culturales ¿qué parámetros se podrían utilizan para elegir qué manifestaciones apoyar? Sin duda, este planteamiento no es cosa sencilla: al visibilizar algunas expresiones invariablemente se negará, por lo menos dentro de la esfera pública, la existencia de otras.

La estrategia que plantean las leyes culturales mexicanas para una distribución de recursos más igualitaria es la creación de plataformas donde los grupos buscando un reconocimiento paralelo en la sociedad tengan voz y representación. Todo ello en un esfuerzo de subsanar la rampante disgregación social del país y buscando que este espacio de conflicto se pueda convertir en un territorio de negociación, donde desde la cultura emerjan áreas de oportunidad y empoderamiento.

Así, a partir de la responsabilidad social de las instituciones públicas, las áreas dedicadas a la cultura se podrían convertir en marcos para debatir y dialogar las tensiones entre los diferentes grupos de la sociedad a quien sirven. Dentro de este entorno, se podría lograr una construcción de empatía mediante la deconstrucción y desmitificación de los estereotipos que entorpecen el objetivo de alcanzar una sociedad de derechos igualitarios.

A pesar de que en México han existido grandes esfuerzos de gestores privados y funcionarios públicos de lograr estos entrecruzamientos y crear espacios de oportunidad desde la cultura, queda un largo camino por recorrer. Especialmente porque en la ambigüedad de la terminología y al grito de los títulos personales aún hay instancias en donde la cultura se aterriza solamente como entretenimiento o al servicio del turismo; como moneda de cambio de favores políticos o para fortalecer relaciones estratégicas.

Marzo-abril 2018