Salud-y-CulturaPor Mariano Botey

Querido lector: Escribo estas primeras líneas de libertad y cada quien vuele con sus propias alas, para establecer un puente comunicante entre usted y su servidor; no sé cuándo vaya a llegar a sus manos tal profética carta, pero le aseguro que la sostendrá mis grandes sueños para que llegue al buzón de su destino; posdata: entréguese la carta a quien corresponda; la vida es una correspondencia que no se requiere llegar a la meta para disfrutar cada paso desde ese comienzo continuo: “no es necesario volar hasta el centro del sol, pero sí arrastrarse hasta algún lugar de la tierra, pequeño y limpio, donde a veces brille el sol y uno pueda calentarse un poco”.

Las cartas impresas, son ahora como la propia vida: una corres-pondencia extraviada en busca de transformar su destino; cada vez se van esfumando los renglones que ansían sumergirse a profundas y elegantes emociones, desvistiéndose en su tinta negra, y así sentir la huella de su oleaje, abarcado la espumosa página blanca sin riesgo a desaparecer; sucede lo mismo con un libro impreso, de aquellas letras que impregnan de felicidad, la libertad de explorarlas leyendo.

La voz del cartero es como el advenimiento, pero antes como advertencia nos profiere estas palabras, al tocar la puerta de nuestro hogar: nos estamos reduciendo de ausencia en este mundo magno, y nos vamos yendo abismalmente: entre la más oscura ingratitud, sin llegar a cumplir la expectativa de la dichosa comunicación, así concluye y de nosotros dependerá continuar con nuestros destinatarios sueños.

Anteriormente, la carta se empleaba como un medio de comunicación eficaz simplificando aquellos mensajes de urgencia- para acercar distancias y aprovechar un tiempo selecto que dibujara más que una sonrisa, y desde ese puente estaba conformado la voluntad de dos personas que sostenían la correspondencia real; en cambio hoy, en ocasiones nos llegamos a complicar tanto, que nos alejamos del propósito del mensaje: ya no sabemos leer el mensaje original de su intención y se desvirtúa al quererlo interpretar, y aún caemos erróneamente en querer tener la razón; de nada nos ha servido usar inteligentemente la tecnología, donde irónicamente nos usa para extraviarnos de un programado diálogo, y hasta de una discusión, que se puede remediar con una disculpa sincera.

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Vaya pues que no tenemos tiempo y, sin embargo, es el mismo tiempo que se jacta de uno mismo. Este libro abunda en lecciones equivocadas, que reflejan lo que hacemos y de aquél correo olvidado para algún destinatario que no sea el mismo ego, porque Franz Kafka, no escribió para halagar mentes pobres ni caerle bien a la gente, menos a sus familiares ni amigos; usted será confidente de la sinceridad o un juez de la hipocresía, porque a veces somos grandes jueces de lo ajeno y confidentes de lo extraño; así que usted dictaminará la sentencia entre ese padre e hijo que lleva por título este libro que no se desprende de mi admiración, pues Kafka tiene sus sensibilidades y situaciones complejas, como cualquier ser humano, que ha tenido sus diferencias con los padres y aunque no todos tienen la dicha de hacer referencias, de tener unos padres -buenos o malos-, usted lo determinará según la autoridad de sus propias experiencias y acciones, y acudirá en esas páginas, desde esa agudeza irónica por el mismo Kafka hacia su padre: “…cuando sufrías en silencio, y el amor, y la bondad, con su fuerza, superaban todos los obstáculos y conmovían de un modo inmediato. Eso sí, sucedía raras veces, pero era maravilloso”. Y en ese intento de redactar una carta a su padre, no fue nada simple que llegara a su destinatario, porque el mismo autor advirtió que se le entregara en un tiempo determinado por el cual no llegó a leerla porque no llegaron a sus manos.

No es una carta ligera que pueda sostener una persona que no haya sufrido. Ojalá así fuera la misma vida de llevarla sin ese ingrediente. Este libro que le estoy recomendando, es un código postal kafkiano, en donde el mismo Kafka evoca rasgos de su relación con su padre, nada fácil de llevar a cabo, así es su propia asociación en su obra, llena de ironía: “Tenías una confianza especial en la ironía como método educativo”.

Escribir una carta a un padre no es tarea fácil de conceder, como fue en su misma relación; a veces es más padre tener una madre que nos lleve a la patria de nuestros sueños, y nos cuide el patrimonio de la salud: conozco a ciertas madres que es padre mencionar: a mi queridísima madre Laura y a mi futura prometida Mariana, digna madre de tres damas: y así son hechas estas excelsas mujeres tan desafiantes y guerreras de innumerables batallas. Así que me quito el sombrero y vaya pues a valorar tan importante adagio; lleve mientras la lectura del libro como ese diálogo interno con el padre, dejando a un lado, las reflexiones censuradas por el silencio, aquellas miradas que parpadean indiferencia u orgullo, en donde uno no alcanza esa sinfonía del dialogo y no se aflige a sí mismo reprochándose melancólicamente:“me escabullí de tu presencia, refugiándome en mi habitación, en los libros, en ideas exaltadas; nunca he hablado abiertamente contigo”.

Y si hay algo honorable de expresar a ese padre, es con este saludo continuo en la conversación anhelada: “Tienes también un modo especial de sonreír, bellísimo y muy poco frecuente, una sonrisa callada, satisfecha y aprobatoria, que puede hacer feliz a las persona a que va dirigida”. Atentamente…

Julio-agosto 2017