Por Mariano Botey

Caminar como leer, no es dejarte llevar por alguna obligación o haber qué pasa, y perderte ese privilegio de apreciar los paisajes y rumbos, porque te llevará a ningún lado. Es probable que caminar “sin rumbo, sin propósito, en una ciudad, -Nueva York-, que se presenta como laberinto, como espacio inagotable que siempre le deja la sensación de estar perdido.

Perdido no solo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo”. Caminar enfocado a un propósito y también desde adentro de uno mismo, es un acto de sanación para llevar conscientemente ante una sociedad inconsciente, adviértase que ese movimiento sea para un nuevo estilo de vida para revalorar nuestro espíritu -ya es suficiente que estamos bastos de materia, buscando lo superfluo de las cosas y esclavizados al apego de lo material-; caminenos pues en ese ajedrecístico campo de la naturaleza, sin agotar nuestras piezas ante las batallas de la adversidad y de egocentrismo; “El movimiento es lo esencial, el acto de poner un pie delante del otro y permitirse seguir el rumbo de su propio cuerpo. Mientras vagaba sin propósito, todos los lugares se volvían iguales y daba igual dónde estuviese”; así que llevemos ese movimiento en ese hábito de humildad, en ascenso y descenso a la montaña, alineando nuestra pirámide de espiritualidad; no olvidemos guiarnos por ese augurio de nuestro espíritu, que a veces, parece extraviado, pero por nuestra ausencia y torpeza de vacíos.

Acudamos a este libro de Paul Auster, y procúrese cuidado a regenerar la manera de pensar en ese movimiento cíclico porque es un título que puede cortar su intento desde el primer movimiento de leerse en una Casa de Cristal. Es una novela policíaca que se requiere de mucha atención y observación, ante cada detalle mientras uno camina porque se puede uno tropezar en una calle de objetos que aparecen con otro nombre. Además que se necesita de buenos oídos por aquello de la sonoridad o ruido de las calles. Escuchar la asombrosa música clásica es un lujo que solamente el espíritu reconoce; la selección de cada pieza, uno lo hace de acuerdo a lo que perciba cada ritmo de su estado de ánimo, yéndose en cada sinfonía, nos reubicará del perdido horizonte desafinado, pues es la manera de curar la armonía de nuestro espíritu; sin dejar de ocultar ese sonido de nuestra transformación que estimule esa creatividad atmosférica de nuestros versos; podemos caer ante cualquier escalón de la duda, pero no dejemos de caer esos ánimos de ese ascenso espiritual.

En el lenguaje, no busquemos la identidad de apego, seamos más cautos en darle el reconocimiento al sonido continuo; empleando pocas palabras para decir un caudal de emociones. La humanidad no se reinventa pero podemos lograr una comunicación con un nuevo lenguaje: “que al fin dirá lo que tenemos que decir. Porque nuestras palabras ya no se corresponden con el mundo. Cuando las cosas estaban enteras nos sentíamos seguros de que nuestras palabras podían expresarlas. Pero poco a poco estas cosas se han partido, se han hecho pedazos, han caído en el caos. Y sin embargo nuestras palabras siguen siendo las mismas.

No se han adaptado a la nueva realidad. De ahí que cada vez que intentamos hablar de lo que vemos, hablemos falsamente, distorsionando la cosa misma que tratamos de representar. Esto ha hecho que todo sea confusión y desorden”. En ese mismo sentido, este libro te conducirá por donde puedes descubrir nuevos caminos, porque además consta de una trilogía, y el viaje está garantizado con esa maestría de este Auster pues “La cuestión es la historia misma, y si significa algo o no significa nada no es la historia quien ha de decirlo”.

Enero-febrero 2018